¡Ha ha!


Texto: Jaime Gonzalo

Publicado en Ruta 66 nº 188 (noviembre de 2002) como reseña del libro ‘Patafísica, de la editorial Pepitas de calabaza (ISBN 84-96044-09-2). Apdo. correos nº 40.  26080 (Logroño)



Segunda edición aumentada, I.S.B.N.: 84-96044017. Pepitas de Calabaza, Logroño, 2003.  190 páginas,  7 euros.

pedidos (referencia: 0152)


Censuraba recientemente el bufón Albert Boadella la prodigalidad con que el lenguaje mediático dispensa la categoría de "artista" o "creador": "(en ese contexto) se ha generalizado de tal forma los términos 'creación' y 'creador' para señalar las realizaciones artísticas y sus constructores, que hoy el más discreto practicante en esos terrenos se autoproclama creador y se queda tan tranquilo cualquier indocumentado, por el hecho de plasmar algún garabato o aporrear un piano se encuentra en la obligación de sentenciar sobre la vida y la muerte con la propiedad que le otorga semejante escalafón. Desde los cocineros a los modistos pasando por los diseñadores de taburetes, todos participan en el nuevo Olimpo". Entre las alternativas propuestas por el autor teatral para sortear el perogrullo taxonómico y designar a las cosas por su nombre, figuraba la sustitución de "crear" o "experimentar" por "jugar" o "desvelar". Conociendo a Boadella, no erraremos por mucho al suponer en su elección un guiño implícito a la Patafísica.

Ciencia o saber concebido por Alfred Jarry (ver Ruta 179) para burlarse de la humanidad y trascender las limitaciones que la literatura imponía a su obra, la Patafísica es también un sistema de pensamiento, un arte del vivir, una percepción física del entorno alternativa, el Gran juego, en suma, inoperante intento de destruir un mundo tiranizado por la estupidez. Enorme y permanente despropósito, en ese mundo imbécil, el arte, sea lo que sea a estas alturas, además de la del artista tiene por misión colmar la vanidad de un público propenso al auto-engaño. Especie en expansión, esta de¡ esnob de pacotilla, que es aquel que, Umbral dixit, "tiene el mérito de ser el que llega primero a las cosas, (pero) también se traga mucha basura, pues acepta sin condiciones lo primero que sale al mercado pictórico, literario, arquitectónico o cinematográfico", y discográfico, podríamos añadir. Para los que no tienen prisa y viven en su propio tiempo, ajenos al esclavizante culto a lo novedoso, llega a las librerías «'Patafísica» (Pepitas de Calabaza), manual de supervivencia mental y pedagógico tratado patafísico que reune textos de y sobre la materia, tomados de la revista argentina Artefacto por una audaz editorial riojana (www.pepitas.net).

Agudos, divertidos, absurdos, y, contrarios al utilitarismo, absolutamente inservibles a todos los efectos, los escritos patafísicos, como las demás patamanifestaciones, interpretan la vida a partir de un análisis de su irracionalidad practicado al amparo del humor crítico y del azar. Con toda su inutilidad intrínseca,

«Patafísica» pone al lector en no pocos patacedentes: abunda información sobre el ilustre Colegio Patafísico, órgano fundado en 1949 para perpetuar la cosmogonía jarryana -que contaba con calendario propio-, un antimovimiento de vanguardia al que entre otros pertenecieron Miró, Duchamp, Max Ernst, Eugéne Ionesco, Dalí -¿de dónde si no sale su método paranóicocrítico?-, Boris Vian, Borges, Cortazar, Jean Dubuffet (de Art Brut), Asger Jorn (del Grupo Cobra), Enrico Baj (de la Internacional Situacionista), René Clair, los hermanos Marx y Soft Machine en tiempos de Daevid Allen.

De igual modo que la historia de la Patafísica lo es también de las vanguardias artísticas del S. XX, en su utilización del humor como sustancia y vehículo se produce el mismo gesto de mofa que vertebra la historia de la resistencia al poder. En el meollo patafísico convergen tanto la bohemia finisecular de Montmartre (el escepticismo de los Fumistes, las parodias empapadas en absenta de los Hydropathes, la provocación de los Incohérents), como el dadaísmo, el surrealismo, el ultraismo -probablemente Gómez de la Serna era uno de aquellos patafísicos "que lo son sin quererlo ni saberlo"- y el situacionismo, ya que como todos ellos la Patafísica busca soluciones imaginarias a los problemas, pretende abrirse paso hasta un universo suplementario. "La patafísica no predica ni rebelión ni sumisión, ni moralidad ni inmoralidad, ni reformismo ni conservadurismo po ítico, e indudablemente no promet ni felicidad ni desdicha. La Patafísica es una actitud interior, una disciplina que permite a cada cual vivir como una excepción y no ilustrar otra ley que la propia".

Completan el volumen especulaciones del propio Jarry, breves y disparatados ensayos arrojados contra la razón y la sensatez como «cerebro del agente de policía» ("al ser practicada la autopsia, se halló la caja craneana de un agente de policía vacía de todo rastro de cerebro y rellena, en cambio, de diarios viejos"), «Pegar a las mujeres», esto sí que (para según quien) es escandaloso y no lo de David Delfín, o el sacrílego «La Pasión, considerada como una carrera de bicicletas cuesta arriba», que convierte la crucifixión del Nazareno en accidentada vuelta ciclista al Gólgota. No les diré más, señores míos, pues todo lo referente a la Patafísica fue dicho por Bosse-deNage, el cinocéfalo papión que hacía las veces de mascota del Doctor Fraustroll, esa otra creación de Jarry, mucho más perversa y monstruosa que la helicoidal panza rampante de Pere Ubu. A semejanza del cuervo del poema de Poe, que sólo sabía pronunciar "nunca más", o de Bartieby, el escribiente de Melville que respondía a todo "preferiría no hacerlo", el mencionado primate Bosse-de-Nage era interlocutor de pocas palabras y apenas una sílaba al cuadrado bastaba a su vocabulario.


"¡Ha ha!", pues, como diría el sabio babuino.







La esencia del mundo es la alucinación pensaban con acierto los patafísicos. (pie de foto)



Reseña aparecida en el diario Clarín (Buenos Aires) el domingo 10 de septiembre de 2000.





Siloquios, superloquios e interloquios de patafísica
De Alfred Jarry
Antología de curiosos artículos escritos entre 1905 y 1906 por el creador de la patafísica.



DESOPILANTES TEXTOS DE JARRY
La ciencia del azar

MARCELO COHEN


Hace unos años hubo en la televisión de otro país una publicidad donde, en un rito funerario exultante, una familia destrozaba su auto a martillazos porque un dios financiero le regalaba un modelo nuevo. Esta pieza idiota le habría interesado a Alfred Jarry, el padre del innoble Ubú; y no por "creativa", sino porque presentaba un mecanismo real cuando creía ser un chiste. Pero no, habría dicho Jarry, nada de eufemismos. Fíjense en el varón que denuncia la cercanía de una mujer emitiendo una señal soez. Vean al anciano que diariamente ahoga en un vaso de agua un artefacto que se extrae de la boca. Vean cómo esa horda de cazadores apostados junto a una cinta deslizante se abalanza sobre una hilera de inofensivas valijas, para atraparlas con violento amor, eviscerarlas en casa y recluirlas en oscuros calabozos. ¿Chistes? Es cierto que estas descripciones son arbitrarias e insignificantes. Pero en la impávida dramatización de cada mecanismo se entrevé que también es arbitraria la forma habitual de pensarlo -aquí un muchacho piropero, aquí gente en un aeropuerto-, de lo que sigue que la acción misma podría ser arbitraria, o maquinal, y tal vez insignificante. Con esta convicción Alfred Jarry (1873-1907) analizó la guerra como desafortunado choque de partidas de caza en pos de animales flameantes (las banderas), y el calvario de Cristo como carrera de obstáculos cuesta arriba. "No veo qué diferencia hay", dijo, e hizo escuela.

Al método de razonar sobre un hecho usando todo lo que venga a la cabeza, para sacarlo de la cadena de relaciones que lo petrifican y nos maniatan, Jarry lo llamó patafísica. Pero no sólo a eso: también a la valoración precisa de la máquina, ese objeto banalizado por el uso y temido por los poetas, pero asombroso si se considera su virtualidad, su potencia a la espera, cuánto extiende el cuerpo humano. Por algo a Jarry le gustaba la bicicleta, una cosa simple capaz de multiplicar los espacios mediante el mero auxilio de dos pies, y no lo habría dejado indiferente el señor que lustra su auto como si fuera un caballo. Basta considerar la máquina como un ser para que el humano parezca automático, misterioso, y su juicio algo ridículo. Ni la máquina es desalmada ni el alma es tan natural. Jarry no idolatraba la naturaleza. Quería encontrar relaciones desatendidas pero estrictas entre hechos de diverso orden y, "a través de la influencia ejercida sobre pequeños objetos, inducir la probable obediencia del mundo". Era un anarquista de derecha (como Borges, el de Tlön). Inutilizar los dispositivos que dirigen la experiencia es, si se piensa, una operación muy violenta, y sólo puede consumarse en el lenguaje. Jarry inventaba palabras y recogía de los diarios noticias horrorosas (el "castigador ortomático de mujeres"); después ensamblaba las piezas siguiendo una lógica "más irrefutable que la del loco o la del viejo chocho". Subrepticia pero incesante, su ciencia patafísica ha venido combatiendo nuestra denigrante adicción a inflexibles líneas de palabras. Así el eximio discípulo Marcel Duchamp, que se propuso desmontar la noción de obra de arte, tomó dos cables, los dejó caer en el suelo y con la forma ondulante que habían cobrado los mostró en un estuche de madera. Esa obra se llama Azar enlatado, pero parece que sólo una vez leído el título el ojo puede empezar a descondicionarse y acceder, si se presta, a un sinnúmero de posibilidades nuevas -o a ninguna.

No mucha gente sabe que en el mundo existe un Colegio de Patafísica. Tiene una elaborada jerarquía de funcionarios, un calendario propio, una administración perezosa y produce símbolos y objetos. Abarca todo el mundo concebido por sus miembros, algunos que fueron ilustres (Max Ernst, Boris Vian, René Clair), y hasta argentinos (tal Esteban Facio, inventor de una máquina para leer Rayuela). Pero la patafísica nació en unas piecitas de teatro representadas por los alumnos del liceo bretón en donde Jarry estudió entre 1888 y 1891. Los muchachos llamaban así a las incesantes monsergas de su profesor de física, un pelmazo, pero Jarry se apropió del método y lo adjudicó a diversos personajes suyos. Cuando estrenó Ubu rey, algunos maestros de su tiempo se alarmaron. "Después de nosotros, el dios salvaje", tembló el bardo W.B. Yeats la noche que vio la obra. Con el tiempo Jarry afinaría las definiciones, algunas de las cuales hoy tienen cierta fama: "La patafísica es la ciencia que se sobreañade a la metafísica, sea en sí misma, sea fuera de sí, y se extiende tanto más allá de ésta como ésta se extiende más allá de la física". Lo real, quiere decir, no es la pura materia, pero tampoco una sustancia trascendente que nos regala el ser. Lo verdaderamente real es la posibilidad incesante. "La patafísica es la ciencia de las soluciones imaginarias." Jarry se hizo popular con Ubú, catastrófico burgués caprichoso, luego ídolo del dadaísmo, tirano del humor negro. Pero donde mejor cumplió el plan de analizar objetos y deducir "por sus lineamientos" fenómenos que se pasaban por alto (el peatón atropellador de autos, por ejemplo) fue en las crónicas que escribió para una revista, la Revue Blanche, entre 1905 y 1906. El libro que se comenta aquí consta de veintidós de esas crónicas, elegidas en su momento por Jarry y muy bien traducidas ahora por Víctor Goldstein. En algu nas, como "Costumbres de los ahogados" o "Antropofagia", el método de mirar sucesos cotidianos con un ojo "poliédrico infinito" cuaja en el "carbón diamante" que debía ser para Jarry el poema en prosa.

La patafísica ensambla precisos dispositivos de realidad provisional con el solo fin de señalar qué chapuza son las realidades inmutables. Lo que más le importa es que la vida se quite de encima el fardo de la idea, dar frescura a la mirada. Pero este método loco es muy delicado. La patafísica no se inmuta, no conquista, no hace magia. Cualquier alarde de arrobo esencial o distinción poética, el pretencioso cae de nuevo en lo inmutable por el lado de la cursilería. Esto explica que entre las secuelas de la patafísica estén la Zazie de Raymond Queneau, las máquinas suicidas de Tinguely, Eleanor Rigby, John Cage, Thelonius Monk y las "Instrucciones para subir una escalera", pero también la atroz La doble vida de Verónica, El lado oscuro del corazón y la plaga mundial de pseudocronopios. El rigor patafísico es inclemente; no cesa de maquinar. Ubú lo advirtió en su momento a los falsos aliados: "No lo habremos demolido todo si no demolemos incluso los escombros. Y no veo otro procedimiento para hacerlo que levantar con ellos hermosas estructuras bien ordenadas". O sea que ya podemos prepararnos para discutir de nuevo qué es lo hermoso.