LOS CONEJOS, CHISTERA EN RISTRE, RAPTAN AL PRESTIDIGITADOR

Por el Dr. Bungalou Lumbago A`tresbandas. Doctor en Pataphysica 
© 1998. (8473 desde el reinado del Padre Ubú).


El Dr. Bungalou pretende con este mini ensayo teórico-práctico acribillar a los 
acaudalados bienpensantes de la razón imperante, esto es, a los fervientes 
defensores del más común de los sentidos que, si para un perro es el sentido del 
olfato, ya que es en estos mamíferos donde juega un papel preponderante en la 
hora fatal de la reproducción, sin embargo, hete aquí, que para los hombres y 
mujeres este sentido es el sentido común, llamado así por la excesiva facilidad 
con la que prende en los espíritus que se pliegan ante la promesa de un 
provechoso destino.
Los Doctores en Pataphysica, siempre ojo avizor, si acaso pertrechados bajo el 
parche del disimulo ante su malcarada gobernanta, es decir, ante su conciencia, 
la cual recibe en el vestíbulo de su cerebelo de 12 a 14 hrs., recogen con los 
dedos de su mano mas próxima el hilo de saliva que se balancea como una red 
entre sus labios y el vacío y lo aplican como agua de Mayo hacia las regiones 
mas inferiores de su conciencia que huye engalanada por la prodigiosa 
longanimidad de su adversario, es decir, de su propio Doctor ( ya se sabe: todo 
Doctor en Pataphysica tiene su propia conciencia aunque el Doctor se empeñe en 
negarlo repetidamente ).
Los hechos serán los siguientes: cariacontecidos como un erizo ante una batalla 
campal van los pasajeros de los autobuses regulares camino de sus ocupaciones 
habituales. Es un lunes por la mañana, Cronos tuerce la nariz, dan las ocho. El 
trolebús para, abre sus puertas automáticas y un Doctor en Pataphysica sube 
-vestido impecablemente con un disfraz de conejo de la mejor calidad- saca una 
zanahoria y busca sitio para sentarse; es muy temprano, esto no son horas, ni 
siquiera para un Doctor en Pataphysica disfrazado de conejo.
Todos los asientos estaban ocupados pero ¡ Oh Novedad ¡ ahora están totalmente 
libres; sus ocupantes se han enderezado dando su primer salto en todo el 
semestre y se han sujetado de las argollas que el autobús concede -invitando a 
la horca- para sus huéspedes en un gesto de cortesía sin par.
El Pataconejo se acomoda en el mejor asiento del autobús ¿? y espera 
pacientemente.

El conductor masca tabaco, lo hace desde mucho tiempo atrás, así pues, no se 
apercibe de lo que ocurre a su alrededor. Otra parada. Nadie se apea; al 
contrario otro Pataconejo sube y, al estilo inglés, se sienta dos filas mas allá 
de su congénere. No se hablan; ni se han mirado; esta circunstancia ha calado 
profundamente en el ánimo de los presentes inyectándoles el aguijón que lleva el 
veneno de una creciente curiosidad.
La escena se repite solemne y meticulosamente durante 7 estaciones más. Hay 9 
Pataconejos en el interior y, ahora, los pasajeros ya no son los mismos aunque 
numéricamente la cifra sea idéntica a la que existía cuando apareció el primer 
conejo-doctor.
Ninguno ha abandonado su puesto, sin embargo, muchos serán despedidos de sus 
trabajos, otros dejarán -esa mañana- los pechos de sus amantes en carne viva, 
los más se habrán librado de otra deuda..... un crimen ?, un amor ?, las 
reprimendas del sastre ?......
En el exterior, un viandante -al ver el autobús repleto de conejos- realiza un 
acrobático doble salto mortal y acto seguido aborda -en su aterrizaje- a una 
pacífica viejecita a la que sin más miramientos le entrega toda su ropa y 
desaparece misteriosamente de la calle ocultándose en el alcantarillado. 
De pronto un espasmo general penetra en los hocicos de los Pataroedores, hay 
gritos y alboroto; un zorro, falda escocesa y jersey a cuadros, acaba de subir 
portando una carpeta llena de planos y un escalpelo. A su vez, los 9 Pataconejos 
apretujados en la parte trasera lanzan ortigas diminutas -que extraen de su 
chistera- sobre tan inoportuno mamífero.
La situación se complica y los conejos presionan repetidamente “parada 
solicitada”. El conductor frunce el ceño, escupe tabaco y frena. Las puertas se 
abren y los Doctores-conejos corren despavoridos; mientras, el zorro, animal de 
costumbres, se acomoda al lado de una señorita de exagerada fragata y, con la 
excusa de los planos y el escalpelo entabla animada conversación.
Una vez mas el desorden público ha sido restablecido; pero ahí no acaban las 
Patafechorías. Los conejos se desprenden del traje de conejo y los Doctores en 
Patahysica reaparecen deslumbrantes con la sonrisa de Humpty Dumpty dibujada en 
el semblante.
Advierten a un Magistrado que se dirige plácidamente –después de sus 6 condenas 
diarias- con el deber ungido, a su camita a descansar donde le espera su mujer, 
una abogada de la patria, con un callo muy molesto en el pie derecho y un 
esternón de campeonato con el que enamoró a nuestro hombre.

De otro costal, dos calles más allá los Doctores divisan a un honrado pastelero 
que a fuerza de manipular el azúcar ha endulzado las formas de su rostro de raíz 
y ahora es tan hermoso como un efebo griego. 
¿Qué hacer? ¿Cómo corromper radicalmente las vidas de estos dos individuos sin 
que lo noten?. Muy fácil. Atacaremos desde el exterior. La mecanización de sus 
existencias hará el resto.
Así pues, los Doctores en Pataphysica dispondrán de los siguientes elementos: 
una escalera, una brocha, un pincel mediano y un bote grande de pintura. Esto y 
un cierto grado de habilidad será suficiente. ¿Cómo? pensarán ustedes. He aquí 
la solución: Supongamos que el Magistrado (MA) vive desde hace 15 años en la 
calle de las Transparencias Imperativas y el Panadero (PA) en la calle del Hongo 
Dulzón. Un simple intercambio del nombre de las calles utilizando los materiales 
antes indicados conseguirá que nuestros hombres varíen su trayectoria y 
aparezcan en una casa que no es la suya. El hábito unido a la pereza y a la nula 
capacidad de asombro implantará rápidamente la nueva situación en sus mentes 
como costumbre lógica y abrumadoramente vana. Todo el entorno volverá a 
adaptarse fácilmente como se adhieren las lapas a las rocas del litoral. Esto se 
haría extensivo a todas las calles, plazas y avenidas de cualquier ciudad 
confundiendo y trastornando las vidas de sus parroquianos. Es más, cada 
trimestre ( u otro lapsus de tiempo elegido al azar ) una brigada de Doctores en 
Pataphysica se encargará de volver a poner patas arriba el callejero municipal. 
El municipio, por tanto, caerá irremisiblemente en el precipicio del sin sentido 
y se habrá convertido en el lupanar -patrocinado por El Otro Ilustre Colegio 
Oficial de Pataphysica- con diversión gratuita de cualquier tendencia, que todos 
deseamos.
Schubert es acuoso.
Sin apenas descanso los Doctores abren los ojos nuevamente y.......... 
¡ ya es navidad !. Una idea, diabólica, embellece sus frentes con la agilidad 
propia del gamo del Ecuador.
Nos encontramos en el Salón de Actos Paganos del Ayuntamiento; es víspera de 
Reyes. Ya habrán adivinado que los 3 Reyes Magos que agasajarán a los infantes 
de la ciudad son ni más ni menos que otros 3 Doctores en Pataphysica 
convenientemente disfrazados de sus Majestades de Oriente. Y bien, hasta aquí 
todo normal. Pero, como el imán, lo normal atrae el cieno, cicuta del alma y 
alegría del Doctor.


Se trataría de tentar con citas de Ciorán y del Marqués de Sade los oídos 
tiernamente permeables de esos niños y niñas para que las caricias del baile 
enigmático de esas frases se pegaran como una calcomanía en las sinapsis 
virginales de sus cerebros y durmieran el sueño de la carnalidad hasta que en el 
fragor tumultuoso de la juventud explotaran, agravando así la situación empírica 
de sus semejantes.

Esos pequeños rasguños propiciados por el temor a lo insólito trotarán como 
Ratoncitos Pérez en sus almas embriagadas y abiertas a todo y serán la dinamita 
que estallará impregnando de nubes de colorines las perlas dionisíacas que 
alientan el temblor pueril y libidinoso que transforma las actividades de la 
infancia en honda y sublime delectación, espoleando el deseo devastador de 
anteponer el siempre fascinante, gaseoso e inaudito principio del placer al 
principio -no muy simpático e incluso pernicioso- de la realidad. 

Innecesario es agregar nada más.

Piénsenlo señoras y caballeros, qué sería de nuestra cultura y aún menos de 
nuestra civilización occipital si los Doctores en Pataphysica danzaran a sus 
anchas ejecutando estos actos a diestro y siniestro y muchos más que aún -no lo 
duden ustedes- reposan, prudentes, esperando el instante preciso para saltar 
implacables, arrebatando al vuelo los peluquines pragmáticos que yacen, 
hastiados, sobre las insípidas testas de nuestros contemporáneos.

¡ BUENAS TARDES !