MUERTE


El verdadero drama de esta palabra, señores, es el que produce donde se posa. Su existencia, corroborada por el testimonio de varios cientos de enterradores borrachos durante miles de generaciones, tiene su origen en la hembra del bovino. En efecto, fue ese rumiante que conocemos bajo el gratificante apelativo de vaca quien, con su insistencia, segó la -hasta ese momento- imparable sucesión de acontecimientos llamada vida. La muerte (como todas las cosas) nace por el principio y las dos primeras letras de su acontecer son la M y la U que, apareadas, se transforman en el bihongo MU, el cual, (bien pronunciado) es la expresión que utilizan las vacas para hablar entre ellas y comunicarse con los toros. Un reiterado uso del bihongo, con alargamientos incesantes de la U, es decir, MUUUUUUUUU, provocó un desbordamiento irreflexivo de varias letras cercanas a la u, que, nerviosas y desconcertadas por el persistente mugido, se unieron por LETROSIS al bihongo MU.
Las consecuencias fueron devastadoras.
A la M se le unieron la E, la R, la T, la E, y síííí, aunque no lo crean 
-excéntrico auditorio- en este mismo fatídico orden. El daño ya estaba hecho. Con un mínimo de inteligencia que tengamos -y me precio como Doctor en Pataphysica de tener la suficiente para este caso- construiremos mentalmente la palabra fatal que acababa de formarse y, en definitiva, de nacer para el mundo: MUERTE
Muerte señores, y lo demás son historias.