DE CÓMO SEDUCE EL DOCTOR EN PATAPHYSICA EN UN RESTAURANTE DONDE, NATURALMENTE, HA SIDO INVITADO

Por el Doctor Don Bungalou Lumbago A`tresbandas. (c) Dr. En Pataphysica. 1999. ( 8474 según el reinado del Padre Ubu ).

A las 3 en punto de la tarde, no antes, penetra el Doctor en el salón ristorant; justo en la entrada saca su metro y mide la circunferencia de su panza apuntando meticulosamente el resultado en una libretita de piel de gato de angora que extrae de su chaleco de Misto and Midows Company.
Su mirada vaga incierta hasta que reconoce al primo que le ha invitado, es decir, al hermano, quiero decir al primo hermano. Entonces, raudo se sienta en la mesa, saca el cuchillo, cuchara, tenedor, copa, salero, y un frasco con protóxido de nitrógeno (gas cuya absorción produce risa) que siempre lleva consigo en estos casos y una vez tomada -por lo que pudiera pasar- la posesión del territorio, saluda afectuosamente al citado primo.
A este no le ha hecho ninguna gracia, pero "no hay que pedir peras al olmo" piensa para sus adentros y corresponde al saludo con la desgana propia de un príncipe de la iglesia al que le acaban de cambiar inesperadamente a su monaguillo de confianza..
A la hora del cognac una aclamación general sorprende a nuestros comensales; algo se avecina y el Doctor en Pataphysica adopta una pose versallesca, otra vez por lo que pudiera pasar, levantando su copa con la mano izquierda, mientras inclina ligeramente la cabeza hacia atrás y deja su mano derecha reposar, lánguida, a la altura del corazón.
Un pintoresco enfant acaba de entrar en el comedor. El chef, que es italiano aunque se ha hecho trasplantar -también por lo que pudiera pasar- un apellido francés, Monsieur Le Chateau du Bromure sans Momie (Señor el Castillo de Bromuro sin Momia), se acerca hacia el niño y su comitiva; la doncella le muestra una langosta a la que le falta un ojo, en clara muestra de reproche. El chef levanta los brazos, se atusa el bigote y examina cuidadosamente al crustáceo moviendo repetidamente la cabeza hacia los lados; los ruiditos tan característicos del siempre interesante acto de engullir han cesado; todo el mundo está atento a la escena haciendo cábalas para sus adentros - eso si sin llegar a los intestinos porque estamos comiendo y sería muy desagradable por otra parte - sobre como saldrá el buen chef -porque todos le consideran una buena persona aún sin conocerle en absoluto- del apuro gastronómico.
Tensión. Monsieur Le Chateau du Bromure sans Momie no convence y, desesperado, busca a su alrededor implorando ayuda con el rostro descompuesto; todos se esconden debajo de las sillas disimulando, excepto el Doctor en Pataphysica que continúa exhibiendo su postura versallesca por lo que pudiera pasar. Y, efectivamente, pasa.
El chef corre hacia el Doctor, el único que con su actitud parece ser capaz de disipar las nubes negras que planean, amenazantes, sobre el gorro de cocinero del atribulado chef, de cintura para arriba italiano, de cintura para abajo francés.
Ella tiene las manos pequeñas. Los brazos gruesos, de pescadera. Los pechos grandes, de monja lechosa de monasterio. Las patas de gallo en su sitio. Es todo un modelo organizado de femineidad; esto último quizá, es lo que atrae la atención del Doctor; es lo que hace que distraiga, en forma alternativa, su mirada desde el muslo de faisán que yace en su plato al de hembra risueña que se cruza cabalgando sobre su otra pierna.
Sentada, 54 grados perpendiculares a la masa o mesa (al postre es lo mismo) del Doctor en Pataphysica la mujer -de 54 años- deja caer su servilleta y mira a nuestro Doctor; éste, muy educado, observa la suya y -tras un instante de reflexión- se la ofrece a la señorita y recoge del suelo la otra regalándole a la dama su mejor sonrisa al tiempo que la pliega ejecutando -con maestría- una sorprendente figura geométrica.
La llama de la gesticulación por posturas hace surgir -en el Doctor en Pataphysica- un pensamiento seguido -así como el galgo de competición persigue al artilugio mecánico de su pasión- de la chispa que solucionará el affaire del buen chef.
La solución, inspirada por la cálida intimidad proporcionada por el intercambio de servilletas con la mencionada dama, es ya una realidad. Monsieur Le Chateau du Bromure sans Momie acompaña al Doctor en Pataphysica hasta el lugar de los hechos. Allí, con la astucia de un esquiador tirolés, el Patasabio Pataphysico agarra la langosta por la cabeza y le implanta un ojo de cristal.
Los comensales se han quedado con la boca abierta; el chef se arrodilla, el enfant se inclina, la doncella se persigna, el mayordomo se toca.
El crustáceo, insensible al milagro que acaba de producirse ya que está bien cocido y bien muerto, no dice nada.
Al salir, homenajeado por una inútil efervescencia popular, el Doctor en Pataphysica, impasible como una rueca, anota, con el júbilo incandescente de su violenta pulcritud la nueva dimensión Pataphysica que ha adquirido su Pataphysica barriga.